Entrar en contacto con Antonio Gramsci por primera vez es como entrar en una pobre casa de campesinos sardos a principios del siglo XX, con olor a leña, pan recién horneado, libros leídos a la luz de las velas y el pesado aire de la cárcel. Gramsci no es un filósofo de altura en el polvoriento sentido académico del término, es un hombre pequeño, jorobado y enfermo crónico que pasó los últimos once años de su vida en las cárceles fascistas y, a pesar de todo, consiguió escribir miles de páginas que aún hoy nos hablan como si estuviéramos sentados con él a la mesa de la cocina …

